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Cancún, un banco de arena que se hizo ciudad
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Cancún, un banco de arena que se hizo ciudad

Cancún era un banco de arena con unas pocas decenas de habitantes hasta 1970, cuando la agencia mexicana de desarrollo turístico lo eligió de una lista corta y empezó a construir; hoy es la puerta de entrada más transitada del país después de la Ciudad de México. La Zona Hotelera ocupa una isla de barrera de veintidós kilómetros doblada como un siete, con el Caribe abierto de un lado y la laguna Nichupté, resguardada, del otro: por eso puedes estar nadando entre olas a las diez de la mañana y remando en agua plana a las cuatro de la tarde. El color de esa agua es lo que a todo el mundo le cuesta describir y nadie consigue exagerar. Playa Delfines, en el extremo sur, es pública, ancha y está respaldada por una duna baja con un mirador que abarca toda la costa; justo detrás se levantan las pequeñas ruinas con columnas de El Rey, donde las iguanas superan de largo a los visitantes. Frente a Punta Nizuc, el museo subacuático de esculturas ha instalado cientos de figuras de hormigón a profundidad de esnórquel, y el coral se las está comiendo poco a poco. Los ferris salen todo el día de Puerto Juárez hacia Isla Mujeres, una isla baja de carritos de golf y plataforma turquesa somera en Playa Norte; entre junio y septiembre las lanchas van más lejos para nadar junto a los tiburones ballena que se alimentan de plancton. El centro es donde vive de verdad la ciudad: el Parque de las Palapas se llena cada noche de marquesitas, elotes y familias, y el Mercado 28 vende cochinita, hamacas y regateo a quien entre. El mar ronda los veintiocho grados casi todo el año, de diciembre a abril hace seco y ventoso, y la temporada de huracanes va de junio a noviembre sin costar, normalmente, más de un día. Cancún funciona mejor como primera o última parada que como viaje entero.