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Oaxaca, siete moles y un valle de talleres
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Oaxaca, siete moles y un valle de talleres

Oaxaca de Juárez es una ciudad baja de cantera verde en un valle ancho, y casi todo lo que merece la pena hacer allí pasa por algo hecho a mano. El Templo de Santo Domingo de Guzmán te da los dos extremos de golpe: una fachada de fortaleza y, dentro, un interior donde la argamasa blanca y dorada cubre cada superficie; al lado, en el antiguo convento, el Museo de las Culturas guarda el oro, el jade y el cristal de roca que salieron de la Tumba 7 de Monte Albán. Monte Albán está a diez kilómetros y cuatrocientos metros más arriba: una capital zapoteca levantada sobre un cerro aplanado a mano hacia el año 500 antes de nuestra era, con las lápidas de los Danzantes y una vista que recorre los tres brazos del valle. Mitla, una hora al este, está forrada de mosaico geométrico, miles de piezas cortadas y encajadas sin argamasa. Entre los sitios están los pueblos que abastecen los mercados. Teotitlán del Valle teje tapetes de lana teñidos con grana cochinilla y añil, San Bartolo Coyotepec cuece barro negro bruñido, San Martín Tilcajete talla y pinta los alebrijes de madera y Santiago Matatlán destila mezcal en palenques pequeños donde puedes ver cómo se hornean las piñas de agave en un hoyo de tierra. El domingo es día de plaza en Tlacolula. Mucha gente alarga la estancia por la comida: tlayudas del tamaño de una rueda de bici, quesillo deshebrado, chapulines con limón y chile, y los siete moles, entre ellos el negro de chile chilhuacle y chocolate sobre el que discute todo el mundo. En julio llega la Guelaguetza y las delegaciones de las ocho regiones bailan en el auditorio del cerro; a finales de octubre el panteón de Xoxocotlán se llena de velas y cempasúchil. Llueve fuerte y breve de junio a septiembre; el resto del año hace calor de día y fresco en cuanto cae el sol.