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San Cristóbal, un pueblo frío en un país caluroso
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San Cristóbal, un pueblo frío en un país caluroso

San Cristóbal de las Casas está en el valle de Jovel, a dos mil doscientos metros, rodeado de cerros de pinos, y es el único lugar de México donde querrás un jersey por la noche en cualquier mes del año. Fundado en 1528, conserva sus tejados bajos de teja y sus calles largas y rectas, dos de las cuales, el Andador Guadalupano y el Andador Eclesiástico, se cerraron al tráfico y concentran hoy casi toda la vida del pueblo entre la catedral y las iglesias de los cerros de cada extremo. Sube los escalones de Guadalupe al atardecer para ver los tejados de lámina desde arriba. El Templo de Santo Domingo tiene la fachada más trabajada de Chiapas, argamasa ocre modelada en columnas, santos y águilas bicéfalas, y el mercado de artesanía que ocupa la explanada de delante lo llevan sobre todo mujeres tzotziles que venden lana, ámbar y tejidos. Na Bolom, la casa de Frans y Trudi Blom, documenta décadas de trabajo junto a las comunidades lacandonas; el museo del ámbar, en el antiguo convento de la Merced, explica por qué la resina de Simojovel, de unos treinta millones de años, vale lo que vale. El pueblo es además la base para las comunidades. San Juan Chamula, a diez kilómetros, mantiene una iglesia sin bancos, con el suelo cubierto de agujas de pino, hileras de velas y rituales de curación en los que los refrescos embotellados han sustituido a fermentos más antiguos; está prohibido fotografiar dentro y la norma se cumple. Zinacantán cultiva flores y las lleva puestas, bordadas en violeta y turquesa. Come sopa de pan y tamales de bola, bebe chocolate y prueba el pox, el destilado local de maíz y caña. El café se cultiva a pocas horas y se tuesta aquí mismo, y por eso está tan bueno.