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Yucatán, una plancha de caliza llena de agua
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Yucatán, una plancha de caliza llena de agua

Yucatán es plano, caluroso y de piedra caliza, y no tiene ni un solo río. La lluvia se filtra directamente por la roca, viaja bajo tierra y se abre en miles de cenotes, dolinas hundidas de agua dulce fría y transparente que fueron el único abastecimiento de la península y, para los mayas, puertas al inframundo. Un anillo de ellos dibuja el borde del cráter que dejó el asteroide caído en Chicxulub. Esa geología decidió dónde se asentó la gente y qué construyó. Chichén Itzá se levanta sobre su propio Cenote Sagrado, con la pirámide escalonada de Kukulcán proyectando una serpiente de sombra por su alfarda alrededor de los equinoccios y un juego de pelota de acústica tan rara que una palabra dicha en un extremo se oye en el otro. Al suroeste, en las lomas del Puuc, está Uxmal, donde la Pirámide del Adivino se alza sobre una base redondeada y el Palacio del Gobernador despliega un friso de mosaico de mascarones a lo largo de toda la fachada, con Kabah, Sayil y Labná en la misma carretera. Las dos bases del estado para el viajero son sus ciudades. Mérida, la capital, es una cuadrícula de manzanas coloniales y casonas de la época del henequén con conciertos gratuitos en los parques casi cada noche. Valladolid, a mitad de camino del Caribe, es más pequeña, pastel y lenta, con un cenote en pleno centro. Entre ambas quedan Izamal, pintada de amarillo alrededor de un convento franciscano enorme, las lagunas de flamencos de Celestún y Río Lagartos, y las haciendas que hicieron fortuna con la fibra de sisal. La cocina es una tradición aparte: cochinita pibil envuelta en hoja de plátano y horneada con achiote, sopa de lima, papadzules, panuchos y habanero siempre al lado. El maya yucateco se habla a diario. Abril y mayo son los meses más calurosos; la lluvia llega en junio.